Intro
Era una noche de otoño en Roma. Después de un par de horas de lluvia la gente comenzaba a salir de sus casas para hacer las últimas compras del día. Raramente se podía encontrar una calle vacía en aquella tumultuosa ciudad, siempre llena de turistas curiosos y habitantes fastidiados por la abundante cantidad de visitantes en casi todo el año. Al no ser octubre el mes con más afluencia turística, las vías públicas podían considerarse medianamente tranquilas. El cielo se había despejado dejando entrever algunas estrellas; los faroles con su luz de tonos anaranjados hacían brillar el empedrado húmedo de las calles.
Selene se había dado cuenta casi demasiado tarde de que el alimento para Rameau, su gato, se había acabado en la alacena y por tanto debía salir a comprar más. Esperó en casa hasta que la lluvia cesó agradeciendo a su suerte que aún tuviera un par de horas más para adquirir su compra. Los días viernes salía un poco más temprano del trabajo lo que le daba pauta para algunas actividades antes de que sus hermanos llegaran a casa. Se puso calzado cómodo y un chaleco verde olivo para complementar un atuendo gris, hacía frío por lo que decidió apurar el paso, tomó sus llaves de la mesita junto a la puerta y salió.
Recorrió la calle donde se ubicaba su casa para caminar un par de cuadras más hacia adelante, atravesó una vía, dobló a la esquina derecha y llegó a uno de los tantos puentes en la ciudad, uno de los tantos para atravesar el fiume Tevere.
Le gustaba mirar la afluente del Tíber aunque estuviera muy contaminada. Siempre usaba el mismo camino para hacer las compras por lo que el recorrido estaba resultando de lo más rutinario: al llegar al final del puente doblaría hacia la derecha, caminaría unos pasos más y entraría en la siguiente cuadra donde se encontraba un minisuper.
Las aguas del río eran negras y tranquilas, tal vez un poco pestilentes pero el olor a tierra mojada que la lluvia había traído consigo compensaba ese pequeño inconveniente. Miró la acera a su izquierda. Una pareja de enamorados jugaba animadamente, el plan romántico se les veía a simple vista; unos metros más atrás de ellos un chico de apariencia oriental caminaba con su perro, un enorme pastor alemán. Selene suspiró y miró al frente. Una mujer rubia con rasgos de unos cincuenta años caminaba tranquilamente mientras charlaba en nota alta con el celular. En conclusión era una noche bastante común.
El barrio donde la familia Macchiavelli vivía era muy tranquilo. Los vecinos que se conocían solían charlar animadamente en las noches calurosas e incluso se hacían invitaciones para pasar juntos las fiestas pero también existían desventajas: no podían faltar los chismosos que hacían de la vida de los demás la animada tertulia para la sobremesa. Esas cosas la chica simplemente no las toleraba; le parecían vulgares y de mal gusto por lo que ello coadyuvó a convivir más bien poco con casi todos los conocidos de su familia generándole fama de amargada y próximamente solterona. No podía creer que en la Italia del siglo XXI aun hubiera gente que creyera que la vida perfecta de una mujer decente radicara en poseer una familia propia.
La sorpresa la distrajo totalmente. Un chico no mayor de 20 años arrebataba a la mujer rubia su bolso de un tirón; el celular se hizo añicos a causa de la fuerza con que su dueña le dejó caer ante alarma. Ni bien pasaron dos segundos para asimilar la situación cuando nuestra pálida joven ya se encontraba en un predicamento: el muchacho que comenzaba a emprender la huída con toda la fuerza que sus piernas podían darle venía directo hacia ella. Quiso apartarse de su camino pero él fue mucho más fuerte y rápido para apartarla primero: empujándola hacia el río. Ella pequeña, menuda a penas pudo agradecer a sus reflejos estar agarrada de un resbaloso barandal. La gravedad hacía de las suyas atrayendo su cuerpo hacia el centro de la tierra. Sabía muy bien que aunque tal vez el golpe no sería muy duro el agua fría sí le afectaría. No podía resistir más; la única mano que le ayudaba a sostenerse resbaló. Cerró los ojos fuertemente esperando sentir el final del trayecto pero lo único que su cerebro registró fue la sensación de presión en contra del brazo que anteriormente se había soltado.
En un instante, reconoció al chico de rasgos orientales que anteriormente caminaba junto a su perro, era él quien la sostenía.
-Resiste… -le dijo con voz forzada mientras la levantaba con un rápido jalón en el que hubo excesiva fuerza. Sucedió lo inevitable, cayeron sobre la acera, ella sobre él. “Es muy liviana” pensó el joven. Ella se encontraba asustada, apenas podía dar cuenta de la situación, podía sentir el vértigo subir por su estómago, comenzaba a marearse, pero el olor a maderas del oriental atrajo poderosamente su atención. Tenía la nariz pegada a su cuello, casi podía paladear el sabor de su olor. Por su parte él frunció el entrecejo cuando notó un cosquilleo en su nariz; algunas hebras del largo cabello negro de la chica le habían caído sobre el rostro y así fue como pudo identificar el peculiar aroma a bebé de ésta. Le pareció extraño y ridículo al igual que atrayente.
En la confusión ella no sabía si moverse o permanecer quieta aunque también era cierto que se encontraba agradablemente cómoda: podía sentir el calor del cuerpo de su salvador emanando y atravesando las capas de ropa. Él respiró profundamente y el olor le invadió por completo, pronto tuvo la sensación de cómo su corazón latía frenéticamente y se sintió como un crío idiota. El sonido de los latidos se hizo evidente para ambos y fue ese ruido el que invitó a ponerse en pie a la chica.
-¡Hija! ¿te encuentras bien? –preguntó alarmada la mujer rubia que había sido asaltada rompiendo así la extraña atmosfera que se había creado. Pronto se vieron rodeados por la pareja y el perro del oriental que se encontraba expectante.
Selene miró por primera vez a su rescatador y sintió que el sonrojo se extendía por sus mejillas. Tardó unos minutos en formular algo coherente pero la única respuesta que vino a su boca fue un taimado “gracias” que dedicó al hombre de rasgos asiáticos y tremendamente atractivo frente a ella. Se sintió como una mocosa boba pues era la primera vez se sentía atraída por alguien en el aspecto físico.
La ayudó a levantarse, dándole un rápido vistazo a esa peculiar chaqueta verde, tenía en su rostro una expresión seria y tan pronto como estuvieron de pie él inquirió:
- ¿Nani? Soy yo el que debí preguntar "¿Estás bien?"
-Creo que sí. –respondió con tono dudoso.
El oriental levantó una oscura ceja al ver su reacción y la detuvo de la muñeca, acercando su rostro para inspeccionar el estado de la chica.
-¿Segura que estás bien? Pareces bastante cohibida por la situación.
La aludida comenzó a palpar varias partes de su cuerpo; al notar que nada dolía respiró profundamente para contestar de manera segura:
-Sí, estoy bien.
-Que irresponsabilidad… deberíamos acudir a la policía para denunciar esto -soltó de repente la mujer mayor que al notar con mayor detalle al joven alargó una sonrisa fácil. –¿Y tú cómo te encuentras?
-… Genki desu- respondió secamente en lo que parecía ser su propia lengua natal, sin importarle mucho que le comprendiera o no ante el pobre coqueteo de la rubia y prestó nuevamente total atención a la chica más joven. –Torpe. –le dijo con voz agria. -¿Cómo fue que caíste de esa manera? Debiste ser más cuidadosa.
A Selene aquello le había caído como si de un balde de agua fría se tratara. Le pareció irónico que tuviera la sensación de haber caído al río aunque se encontrara en tierra firme. Simplemente no sabía qué decir; creía o más bien pensaba que había sido muy clara la situación.
-Yo no intenté saltar. –fue lo único que dijo en tono inexpresivo.
-Pues parece que fuiste la única que quedó bajo un puente –el oriental contestó con bastante sarcasmo en su voz mientras se inclinaba para quedar a su misma altura.
El comentario no le había gustado; frunció el entrecejo y se alineó las ropas.
-Bueno, mal momento mejor olvidarlo. Muchas gracias por su ayuda. Buenas noches. –dijo con una voz que intentaba parecer amable.
-¿Así nada más te vas? –le dijo en voz alta su interlocutor pero al notar que seguía su marcha ignorándolo le siguió. –Ne, te estoy hablando, chica del puente.
A ella le pareció una verdadera lástima que un sujeto tan bien parecido fuese en esa misma proporción grosero aunque de antemano ya sabía que cerebro y rostro no conjugaban en el mismo modo temporal. “Vaya tipo, me hace sentir como una verdadera idiota”. Decidió encararlo, así que se detuvo y le miró expectante.
-¿Sí? –intentó apurar.
-¿Sabes el enorme susto que me diste? Casi se me salía el corazón y aún no sé por qué fue. –acercó una mano y con la punta de los dedos golpeó tenuemente su frente sin causarle ningún dolor. –Ten más cuidado.
-Gracias por el consejo. Lo tomaré en cuenta. Buenas noches. –se despidió con un tono absolutamente frío.
En ese momento el pastor alemán se levantó muy animado en sus dos patas traseras, moviendo la cola y poniendo la mayor parte de su peso ocasionando irremediablemente que la chica cayera.
-Rex, jyamete. –ordenó el oriental y de inmediato el enorme can obedeció no sin antes soltar un tenue gruñido de sus fauces dirigido a su dueño, siguiendo muy atento y alborozado los movimientos de la joven.
“Que día” se dijo a sí misma Selene mientras levantaba la mirada hacia el cielo, suplicante. Volvió a ponerse en pie y se limpió la ropa para quitarse restos de agua, acarició la cabeza del can en señal de saludo y continuó su camino pero esta vez de regreso a casa.
“Y huye de nuevo… pero que mujer más extraña” meditó rápidamente el oriental y torció el gesto recordando el curioso aroma a bebé que había inundado imperiosamente su olfato. Miró a Rex y éste le devolvió la mirada girando un poco la cabeza como signo de confusión.
-Isshioni, okaeri. Esta ciudad parece ser más entretenida de lo que realmente salta a la vista.- Dijo mientras se alejaba dejando sendas sonrisas de diversión a todos los testigos.
CONTINUARÁ...
